La búsqueda del placer ha sido algo inherente al ser humano desde que existimos como especie. Muchas han sido las culturas que han preparado filtros de amor, ungüentos o ritos para atraer al sexo opuesto y potenciar la sexualidad y fecundidad. Es por eso que no tenemos datos fiables del origen de estos brebajes. Sí que hay seguridad que existen desde mucho antes que la cultura griega y que no hay cultura que tenga en su haber algún tipo de rito o elixir afrodisíaco.
El origen de la palabra afrodisíaco es bastante conocido y tiene su origen en el nombre de la diosa griega del amor, Afrodita. Sin embargo, la primera mención escrita proviene de unos papiros egipcios datados entre el 2200 y 1700 a.C., aunque se nombran en otras culturas como la hebrea, la india o árabe.
Tradicionalmente han sido las plantas y tubérculos con forma de órgano sexual o con olor parecido a los fluidos sexuales, las que se han considerado como afrodisíacas. Así, los griegos aderezaban sus noches de pasión con un brebaje llamado satiricón (de sátiro, criaturas relacionadas con el apetito sexual y que acompañaban a Dionisos), que se fabricaba a base del zumo extraído de los tubérculos en forma de testículos de una especie de orquídea. De hecho, cuenta la mitología griega, que Herácles (comúnmente conocido con su nombre romano, Hércules) desvirgó a las 50 hijas de Tespios tras haber tomado un trago de este brebaje. Todas ellas quedaron encintas y alumbraron varones. Sus hijos y los descendientes de éstos, conocidos como los heráclidas, conquistaron dos generaciones más tarde el sur de Grecia, Turquía e Italia. Muchos de los reyes de la Grecia Antigua remontaban su linaje a uno u otro de estos hijos, notablemente los reyes de Esparta y Macedonia.
[...] comentábamos en el post anterior, los primeros afrodisíacos se tomaron de plantas que tenían formas que recordaban a los genitales [...]