Tercera y última entrega del análisis de una de las obras maestras de la pintura del s. XVI, el Tríptico de las Delicias de El Bosco.
Obra de gran simbolismo (que todavía no ha sido completamente descifrado), el Jardín de las delicias está considerada como una de las obras más fascinantes, misteriosas y atrayentes de la historia del arte y forma parte de los fondos de exposición permanente del Museo del Prado en Madrid. El propio Felipe II de España, llegó a adquirir el cuadro como consecuencia de su interés por el mismo y se considera que la obra obedece a una intención moralizante que habría sido comprensible para la gente de la época.
Hoy, nos centraremos en el retablo derecho del tríptico: El Jardín de las Delicias
Panel derecho: El infierno (o Infierno musical).
En la tabla derecha se halla el Infierno quizá más famoso en la historia de la pintura occidental. Es una zona ambigua, donde todo se ve entre sombras y luces, con cabalgatas de ejércitos extraños, personas desnudas que se ahogan en lagos de agua o fluidos ígneos, estancias iluminadas internamente por el fuego. En él se castiga a aquellos que se dejaron seducir por los goces placenteros que les ofrecía el Jardín de las Delicias.
Es una tabla muy sombría en relación con el colorido de las otras dos: tonos lívidos del infierno de hielo, vivas llamas del infierno de fuego.
En el nivel superior se ve la típica imagen del infierno, con fuego y torturas. Se cree que representa el paisaje nocturno de una ciudad en llamas, supuestamente reflejo de un trauma del pintor, que vio como su localidad natal era pasto del fuego cuando era niño. La crítica parece coincidir en que el cuchillo unido a las dos orejas es un genital masculino, mientras que la gaita que un monstruo sostiene sobre la cabeza podría ser un elemento homosexual o, tal vez, femenino.
Toda la tabla está dominada por una extraña figura: el “hombre árbol”, un cuerpo abierto pero dotado de cabeza. Este personaje mira directamente al espectador. Muchos expertos han afirmado que este rostro puede ser el del propio artista, que con un torpe vendaje intenta ocultar una llaga producida por la sífilis. Sobre la cabeza lleva un disco, en el que bailan pequeños monstruos[2] junto a una gran gaita con aspecto de alambique. Sus brazos son como troncos de árbol y están descansando sobre barcas. Su tórax está abierto y hueco como una cáscara de huevo, y en su interior hay más seres. Debajo de él hay un lago helado, sobre el que patinan algunos condenados, mientras el hielo se resquebraja.
En la Edad Media se consideraba el contraste entre el frío y el calor como una de las torturas del infierno. Destaca un personaje con cabeza de ave rapaz sentado en un retrete y con una caldera en la cabeza. Se piensa que podría ser Satanás devorando a los condenados y defecándolos en un pozo negro en el que otros personajes vomitan inmundicias o excrementan oro, esto último quizá como alusión a la avaricia. Bajo el manto de Satanás una mujer desnuda es forzada a mirarse en un espejo convexo colocado en las nalgas de un demonio, aludiendo al pecado de la soberbia.
En la parte inferior aparece un grupo de jugadores (hay dados, naipes, tablero de backgammon, una mujer desnuda portando una jarra) atormentados y torturados por demonios en medio de un gran caos, todo lo cual alude a la pereza, la lujuria, y la gula. A la derecha, se ve a un hombre abrazado por un cerdo con velo de monja, probablemente aludiendo a la lujuria.
Sin comentarios.
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