En la Francia del siglo XVII la impotencia era tomada como un motivo muy serio para el divorcio. De hecho, a los acusados de impotencia se les hacía pasar por la prueba que llamaban del «Congreso», en la que eran obligados por la corte judicial a mantener relaciones sexuales ante cirujanos y matronas, con la idea de disolver el matrimonio cuando la mujer acusaba al marido de ser impotente. Si el marido salía vencedor en el combate, demostraba su virilidad; si salía vencido, su derrota no era definitiva, ya que tenía varias oportunidades para intentar demostrar que la acusación era falsa.
Conocido es el famoso proceso que en 1659 siguieron el marqués de Langeais y su esposa María de Saint-Simón, en el que se requirió la reunión del Congreso. Los desdenes de su esposa lo hicieron fallar, fue tal el revuelo que se armó en torno al congreso, que los jueces se negaron a darle una segunda oportunidad. La Cámara declaró al marqués impotente, anulando el matrimonio, prohibiéndole casarse otra vez, pero permitiendo a su mujer que escogiera otro esposo.
Pero, a pesar de la sentencia que contra él pronunció la Cámara, el marqués contrajo matrimonio con Diana de Novailles, con la que tuvo siete hijos.
Cuando falleció la primera mujer del marqués, éste apeló a la Gran Cámara contra la sentencia que le declaró impotente y que le condenó a pagar los costes. Cuanda tuvieron conocimento de las deficiencias del proceso y a tenor de las pruebas (7 hijos no es un nñumero nada desdeñoso), la Cámara declaró legal el matrimonio que el marqués contrajo con Diana de Novailles. El tribunal le declaró potente y le eximió de los costes del proceso y abolió el Congreso.

No quedó, pues, otro medio para fallar sobre la impotencia de los maridos que la ceremonia antigua del reconocimiento de los peritos, en la que ordas de expertos debatían no sólo sobre el tamaño del miembro, si no también sobre su rigidez y hasta su curvatura. No era de extrañar, que bajo esta presión, casi todos los candidatos fallaban en dicho interludio…
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