En la Edad Media, la lepra estaba directamente relacionada con una extraña costumbre del viejo País de Gales. No sólo era una grave enfermedad muy difundida; también era uno de los tres motivos legítimos que una esposa podía argumentar para divorciarse de su marido y recuperar su dote. Los otros dos motivos eran mal aliento y fracaso al tener relaciones sexuales.
En el País de Gales, un matrimonio no se consolidaba, o no se consideraba indisoluble, si la pareja no había convivido durante siete años. Si sólo faltaban tres noches para cumplirse los siete años, los esposos podían separarse.
En caso de separación se repartían los bienes: la mujer hacía las partes y el hombre elegía la suya. Así, se repartían los muebles siguiendo ciertas reglas muy humorísticas. Si era el hombre quien rompía la relación, tenía que devolver a la mujer su dote y alguna cosa más; si era la mujer, esta recibía menos. De los hijos, dos correspondían al hombre, y uno, el mediano, a la mujer. Si después de la separación la mujer tomaba otro marido y el primero quería llevársela otra vez, estaba obligada a seguir a éste, aunque tuviese ya un pie en el nuevo tálamo conyugal. Pero si dos personas vivían juntas durante siete años, eran marido y mujer aun sin previo matrimonio formal.
No se guardaba ni se exigía con rigor la castidad de las jóvenes antes del matrimonio; las reglas respecto a este particular son en extremo frívolas y no corresponden a la moral burguesa. Si una mujer cometía adulterio, el marido tenía el derecho de pegarle (éste era uno de los tres casos en que le era lícito hacerlo; en los demás, incurría en una pena), pero no podía exigir ninguna otra satisfacción, porque “para una misma falta puede haber expiación o venganza, pero no las dos cosas a la vez”.
Los motivos por los cuales podía la mujer reclamar el divorcio sin perder ninguno de sus derechos en el momento de la separación, eran principalmente los descritos en el primer párrafo. Así, si una mujer encontraba a su marido con otra mujer por primera vez, tenía derecho a un pago de seis peniques. La segunda vez, a una libra. Y en la tercera ocasión tenía derecho a divorciarse de él. Si el marido tenía una concubina, a la esposa se le permitía golpearla sin tener que pagar ninguna indemnización, incluso si ello había dado lugar a la muerte de la concubina. Una mujer sólo podía ser golpeada por su marido por tres cosas: por regalar algo que no tenía derecho a ceder, por haber sido encontrada con otro hombre o por desear una mancha en la barba de su marido.
Éstas inusuales causas de divorcio no son las únicas cosas interesantes sobre el País de Gales. El pionero de la cremación fue un galés al que le encantaban las excentricidades. El Dr William Price era un vegetariano del siglo XIX, nudista, que lucía una piel de zorro en su cabeza y trataba a sus pacientes con pociones de hierbas y cantos druidas. Siendo octogenario, se casó con una mujer mucho más joven que él y engendró un hijo llamado Jesús. No hay constancia de que él haya padecido nunca lepra o halitosis…
[...] la Francia del siglo XVII la impotencia era tomada como un motivo muy serio para el divorcio. De hecho, a los acusados de impotencia se les hacía pasar por la prueba que llamaban del [...]