Ah Atanzah, los casamenteros mayas

Ah Atanzah, los casamenteros mayas

La Civilización Maya se dio en el territorio del sur-sureste de México, y tuvo su mayor apogeo entre los años 300 al 900 de nuestra era.

Los jóvenes de esta sociedad precolombina, vivían en una especie de noviciados anexos al templo donde recibían instrucción y ayudaban a los sacerdotes.

Eran los padres de los jóvenes los que se encargaban de buscar una buena compañera para su hijo. Para ello usaban los servicios de casamenteros llamados Ah Atanzah, que era el que los acompañaba en las negociaciones para llevar a cabo la unión de las familias. A pesar de que todos conocían el motivo de la entrevista, durante el primer encuentro sostenido entre ambas familias, el tema de la boda no se tocaba en ningún momento; en cambio, se hablaba de la cosecha del maíz, del tiempo, o de los últimos grandes sacrificios rituales. Se servían humeantes cazos de cacao (signo de riqueza y distinción), producto caro que se producía lejos del lugar.

Finalmente, era el Ah Atanzah, quien permanecía en el más completo mutismo, el que proponía la unión. Cada familia entonces se encargaba de ensalzar a su vástago. Por lo general el novio costeaba la boda y el ajuar de la novia trabajando para el padre de ésta. Y los regalos habituales eran granos de cacao  y paquetes de algodón para tejer.

El día de la ceremonia nupcial iba un sacerdote a casa de la novia para realizar unos ritos de  purificación. Estos actos consistían en aromatizar con incienso de Pom tanto la casa como a los contrayentes, para después ofrecer a los dioses alimento que los participantes comerían en la ceremonia nupcial. Desde ese día, se le permitía a la joven pareja que vivieran juntos en la casa de los padres de la novia, trabajando para ellos por espacio de seis o siete años.

Para celebrar el enlace, tomaban balché, bebida ceremonial elaborada con aguamiel fermentado. Al día siguiente por la mañana, la desposada preparaba tortillas de maíz, símbolo de fertilidad. El marido, en cambio, hacía sus ofrendas de copal al dios y se preparaba para su primera jornada de trabajo dedicada al suegro.

La suegra tenia el cuidado de que su hija le diera a su joven esposo de comer y de beber en señal de que reconocía el matrimonio, pero si aquel dejaba de trabajar para su suegro por el tiempo convenido, lo echaban de la casa quedando ambos cónyuges prácticamente divorciados.

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