A base de pan duro

A base de pan duro

En la mitad del siglo XIX, muchos doctores estaban convencidos de que la masturbación era un ocupación muy peligrosa. La idea de que es un acto pecaminoso, contra natura, comienza a transmitirse de generación en generación, hasta que en 1758 este delito de confesionario pasa a ser aceptado por la medicina de la época.

Un médico suizo llamado Tissot se convierte en su abanderado y llega a afirmar que la masturbación era la más mortífera y siniestra de las prácticas sexuales. Según éste, en todas las etapas del desarrollo sexual desde la niñez hasta la madurez masculina, los excesos sexuales en todas sus variadas formas, afectaban a la buena salud, y provocaban a la larga impotencia y enfermedades, e incluso la muerte. Los chicos que se masturbaban antes de la pubertad dañaban su sistema nervioso, ya que pensaban que el sexo dañaban el delicado tejido cerebral, pero en adolescente aun sufría mayor daño si cabe.

Tissot no sólo le atribuyó a la masturbación ser la causa de agotamiento, nerviosismo y locura, sino que llegó a sostener que al daño físico y psíquico sobrevenía un daño moral con el castigo divino consiguiente. Si los jóvenes caían en la tentación de este “vicio”, podían sufrir de melancolía, crisis de histeria, ceguera, impotencia, esterilidad, oligofrenias y demencias (locura masturbatoria), cardiopatías (llegó a describirse un corazón del masturbador). También podía ser causa de adelgazamiento, falta de apetito y tuberculosis e incluso calvicie.

A lo enumerado habría que agregarle las afirmaciones de la mitología popular de que la práctica masturbatoria hace aparecer pecas en la cara, pelos en la palma de las manos, acné, suicidios, crecimiento de verrugas; lleva a que se sequen los testículos o se reblandezca el cerebro.

Nuevos peligros acechaban al hombre ya en la edad adulta. Un matrimonio temprano sería un buen antídoto para el deseo sexual, y permitiría al hombre completar su misión como cabeza de familia, pero incluso las relaciones maritales pueden ser llevadas demasiado lejos. Nunca se dijo cuantas veces eran las apropiadas para un hombre, pero se llegó ha asegurar que más de tres veces en semana era ya demasiado.

El tratamiento contra la espermatorrea parecía ser la especialidad de un médico inglés llamado William Acton. Desarrolló un elaborado tratamiento que empieza con el cese inmediato de sexo excesivo y una dieta que se limitaba a carne y alcohol, aunque completada con pan duro. Más allá de lo sexual y de las restricciones en la dieta, Acton recomendaba baños diarios, ejercicio, enemas fríos y un colchón duro. Si este régimen no era suficiente, el doctor Acton tenía listo otro tratamiento, la cauterización química de la uretra.

Un tubo era insertado en la uretra del paciente y una solución caústica era inyectada mediante una jeringuilla, todo esto sin el beneficio de la anestesia. La operación quemaba el forro de  toda la uretra y Acton estaba muy satistecho con los resultados obtenidos. De hecho, se jactaba de no haber tenido nunca que repetir la operación a ningún paciente. Parece que después de semejante procedimiento los pacientes ya no volvían a quejarse de espermatorrea.

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